sábado, 1 de octubre de 2016

¿QUIEN FUE VICTORIA DÍEZ?

      Una sevillana nacida en 1903, hija de un escribiente y de una ama de casa. Sus padres, José Díez Moreno y Victoria Bustos de Molina, formaban una familia modesta y tradicional, en la que Victoria creció como una niña alegre, cariñosa, aplicada y una temprana conciencia de querer entregarse a Dios.

      Fue maestra, pero cuando en 1919, con quince años ingresó en la Escuela de Magisterio, no lo hizo por tener una nítida vocación por la enseñanza. Tal vez, como señala su biógrafa Carmen Fernández, lo hizo porque en aquella época una mujer, hija de clase media y trabajadora, no podía hacer mucho más y Victoria, que amaba profundamente a sus padres, no podía desilusionarlos. Fue maestra, pero no por vocación, su vocación venía de su gran amor, venía de Dios, quería ser misionera. La joven Victoria simultaneó los estudios en la escuela Normal de Magisterio con los de arte y dibujo en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla. No por ello cambio su deseo de ir a misiones. En torno a 1922 o 1923, durante unos ejercicios espirituales para la Asociación para Estudiantes de Magisterio de las religiosas de María Reparadora, Victoria afianza la fuerte conciencia que tenía de entregarse a Dios por completo en una vida misionera. Los documentos pontificios del primer tercio del siglo XX animaban a las misiones y ella, junto a otras amigas, estaban pendientes de sus contenidos y anhelaban una vida misionera1. Todavía en aquella época era difícil entender la santificación personal en la realización del trabajo cotidiano, en descubrir la entrega a Dios en los sencillo, lo pequeño, lo cotidiano. No obstante, pronto encontraría algo que iría dando sentido a su vida de maestra y a saber compaginar la vida y la fe.

      En aquel primer tercio del siglo XX había una corriente de pensamiento que contraponía la fe y la modernidad. De cara a las mujeres aquello se traducía en mantener alejadas a las mujeres del cultivo de la ciencia por el miedo a que pudiesen abandonar su piedad. Pero también había personas que no sólo no estaban de acuerdo con esta situación, sino que se enfrentaría abiertamente a ella, una de ellas fue Pedro Poveda. En palabras de Juan Pablo II, el fundador de la Institución Teresiana ofrecería una dimensión apostólica centrada en “promover la presencia evangelizadora de los cristianos en el mundo, principalmente desde el campo de la enseñanza y de la cultura, con un espíritu de profundo sentido eclesial, de fidelidad sin reserva y de generosa entrega”2

      El 25 de abril de 1926 Victoria asiste a la conferencia que imparte la directora de la Institución Teresiana en Sevilla María Josefa Grosso, descubriendo las innovaciones pedagógicas que aplicaría una vez ganada la plaza de maestra. La propuesta de Pedro Poveda, basada en la fuerza transformadora del creyente desde el ejercicio de su profesión, en la que se aúnan la fe y la vida, encaja en todos sus anhelos. Victoria, que había aceptado ser maestra por obediencia, descubre el camino de su misión, no tenía que oponerse a la voluntad de sus padres, todo se conciliaba en el proyecto que Dios tenía para ella. Dió cumplida respuesta a la exigencia del padre Poveda con una sólida preparación como maestra, a la que se añadía un intensa vida de oración, el amor como centro de toda pedagogía y una entrega total, que implicaba el abandono de toda ambición personal3.

      Victoria se incorpora a la Institución Teresiana y permanece en Sevilla preparando oposiciones y dando clases hasta 1927, fecha en la que obtiene plaza del Estado y es destinada a Cheles (Badajoz), donde solo permanecería un curso, pues en junio de 1928 es destinada como maestra en Hornachuelos (Córdoba). En Cheles mejoró la escuela local, organizó la Biblioteca, luchó contra el absentismo escolar trabajando con grupos de niñas y chicas jóvenes del pueblo llevando sus métodos pedagógicos renovados. En Hornachuelos Victoria ya tiene clara conciencia de haber recibido una importante misión, se le había confiado un pueblo y ella se sintió responsable del mismo. Durante su vida de maestra puso en práctica los nuevos métodos pedagógicos con excursiones al campo, a Córdoba y a Sevilla, cantos y pintura, gimnasia rítmica, actividades con las alumnas, además de las tradicionales labores. Organizó cursos nocturnos para mujeres trabajadoras y una biblioteca para antiguas alumnas, ayudó a los necesitados y llegó a ser nombrada Presidenta del Consejo Local del Pueblo4. Durante los años de la República no mostró inclinación política alguna y colaboró con el Ayuntamiento, independientemente de la ideología de sus gobernantes, llegando a ser secretaria de la Junta de Enseñanza. Creó la catequesis infantil e impulsó la Acción Católica. Tras la decisión del Gobierno de la República Española de prohibir las clases de religión en los colegios públicos, continuó en la catequesis. Además ayudó a reconstruir la iglesia de Hornachuelos incendiada en los prolegómenos de la Guerra civil, consiguiendo que se abriese de nuevo. En los primeros días de la guerra volvió a ser saqueada5.

      Su labor como maestra, ciudadana, mujer era incuestionable, pero era católica y nítidamente comprometida con su fe. La violencia desatada la alcanzó tempranamente, pues, como señala el prestigioso historiador español Carlos Seco, el radicalismo anticlerical que se veía venir en 1931 derivó hacia una persecución sistemática del sentimiento religioso al ser destruidos o arrasados los templos, y millares de sacerdotes y profesos de ambos sexos sufrieron el martirio6. El 11 de agosto de 1936 fue detenida, al día siguiente emprendía una marcha sin retorno, fue conducida junto a 17 varones a las afueras del pueblo. En un juicio sumarísimo fue condenada y ejecutada. En los momentos previos a su muerte daría ejemplo de un temple recio, pues presenció la ejecución de cada uno de sus compañeros. Ya, en la marcha desde Hornachuelos, ella los había alentado con ánimo diciéndoles: “adelante, Cristo nos espera7
 
      Una mujer inteligente, creativa, estudiosa aparentemente tímida por obedecer a sus padres y estudiar Magisterio en vez de volar a sus soñadas misiones. Pero aquellos tiempo no son estos, la rebeldía frente a los padres no estaba en el aire. Victoria obedeció y allí, desde su puesto de humilde de maestra, encontraría el sentido de su vida, su misión. Victoria Díez fue una gran mujer.

      Una mujer consumida por el celo del amor divino que la llevaba a que su vida fuera un puro testimonio de la gloria de Dios. Caminó con el Señor y se dejó conducir por él y encontró la verdad, la vida verdadera, la felicidad, la plenitud del amor...fue una santa. Declarada “Beata” por Juan Pablo II quien dijo de ella que La alegría que transmitía a todos era fiel reflejo de aquella entrega incondicional a Jesús, que la llevó al testimonio supremo de ofrecer su vida por la salvación de muchos”8.

      ¿Que nos dice Victoria a los creyentes de hoy, especialmente a las mujeres? 
 
      Victoria, como tantos de nosotros, no tuvo claro el camino a seguir desde un principio. De joven quería ser misionera, quería entregar su vida a Dios, pero no meterse monja. Por obediencia familiar estudio magisterio y, poco a poco, desde la fe, fue descubriendo el sentido de su existencia. Juan Pablo II nos la muestra como un claro “ejemplo de apertura al Espíritu y de fecundidad apostólica. Supo santificarse en su trabajo como educadora en una comunidad rural, colaborando al mismo tiempo en las actividades parroquiales, particularmente en la catequesis”9
 
      Ella, con su trabajo y su vida, hizo honor a las palabras de Pedro Poveda, el fundador de la Institución Teresiana: “Si sois mujeres de fe, estimaréis como deber primordial el cumplimiento de vuestras obligaciones, y una de ellas, y sacratísima por cierto, es el estudio, el trabajo, el asiduo trabajo para capacitaros y ostentar dignamente un título, que si os da acceso a puestos sociales de importancia y honor, os obliga a adquirir el bagaje científico necesario para desempeñarlos dignamente, y para no engañar a la sociedad que si os otorga estos puestos es porque os supone preparadas para desempeñarlos”10.
       
     Victoria Díez fue una mujer libre, algo que tanto se valora hoy, pero no en el sentido de hacer lo que le diera la gana, sino que al someterse a Dios dejó que el Espíritu Santo fuese haciendo aflorar lo mejor, lo más hermoso y profundo que había en ella, liberándola de los paralizantes temores y apegos egoístas, propios del ser humano. Al caminar en Dios fue adquiriendo sentido de su libertad plena, amaba a Dios y nadie podía arrebatarle eso. Estuvo en prisión y sabía que iba a morir, pero ninguna fuerza humana podía arrebatarle a Dios11.

      Victoria Díez fue una testigo del XX y una maestra para el XXI12.


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1 Fernández Aguinaco, Carmen. Victoria Díez: Memoria de una maestra. Narcea Ediciones 1993, p. 17-21
2. Librería Editrice Vaticana (10 de octubre de 1993). Santa Messa per la Beatificazioni di tredici servi di Dio. Omelia di Giovanni Paolo II. Piazza San Pietro - Domenica, 10 ottobre 1993. Consultado 1 octubre 2016. http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/it/homilies/1993/documents/hf_jp-ii_hom_19931010_beatificazioni.html
3 Fernández Aguinaco, Carmen. Victoria Díez: Memoria de una maestra... p. 17-21
4 https://cordobapedia.wikanda.es/wiki/Victoria_Díez
5 https://es.wikipedia.org/wiki/Victoria_Díez_Bustos_de_Molina
6 Seco Serrano, Carlos.Nuestro tiempo”, en Introducción a la historia de España, 1963, pp. 965 y 1018.
7 Tras su ejecución, en agosto de 1936, permaneció en una mina hasta noviembre en que sus restos fueron trasladados al cementerio de Hornachuelos donde permanció cerca de treinta años hast que fueron traslados a una cripta en la residencia de la Institución Teresiana, en la Plaza de la Concha, cerca de la Catedral, en Córdoba.
8 Libreria Editrice Vaticana (10 de octubre de 1993). Santa Messa per la Beatificazioni di tredici-...
9 Libreria Editrice Vaticana (10 de octubre de 1993). Santa Messa per la Beatificazioni ...
10 Texto de una carta de Pedro Poveda en 1930, recogido en Fernández Aguinaco, Carmen. Victoria Díez: Memoria de una maestra..., y Flecha García, Consuelo. “Mujeres y ciencia en la propuesta de Pedro Poveda”, en Homenaje al Dr. Buenaventura Delgado Criado. Pedagogo e historiador. Universidad de Barcelona, 2009.
11 Cf. Philippe, Jacques. En la escuela del Espíritu Santo. Madrid, 2012, pp. 87-91.
12 Alonso Baquer, Mª Teresa; Castañeda Delgado, Paulino; Cociña, Manuel J., Testigos del siglo XX, maestros del XXI. XIII Simposio de Historia de la Iglesia en España y América, Academia de Historia Eclesiástica, Sevilla, 8 de abril de 2002, Publicaciones Obra Social y Cultural CajaSur, 2003, p. 13.

miércoles, 21 de octubre de 2015

DOROTHY DAY (1897-1980): de activista social a santa

     El 24 de septiembre de 2015 los gobernantes del país, hoy por hoy, más poderoso del mundo, los Estados Unidos, reunidos en su Capitolio de Washington, escuchaban las palabras del Papa Francisco recordando a Abraham Lincoln, Martin Luther King Dorothy Day, y Thomas Merton, personajes históricos estadounidenses que, dentro de sus limitaciones y ambigüedades humanas, “apostaron, con trabajo, abnegación y hasta con su propia sangre, por forjar un futuro mejor. Con su vida plasmaron valores fundantes que viven para siempre en el alma de todo el pueblo”. Las vidas, los sueños, las luchas de estos personajes aportan a las nuestras, a nuestros conflictos actuales, una hermenéutica, una manera de ver y analizar la realidad, unos comportamientos personales, cada uno en su momento histórico concreto, pero que nos resultan válidos en nuestro presente para afrontar nuestra propia realidad(1). Dos de los cuatro personajes, Lincoln y King, son muy conocidos, el contemplativo católico Thomas Merton algo menos. Y ¿quién es esta mujer, Dorothy Day, tan poco conocida en Europa y mucho menos en España? Porque para que el Papa la ponga como referente ha debido ser una gran mujer.

     Dorothy Day, siguiendo el discurso del papa, representa el sueño norteamericano de la justicia social y los derechos de las personas, fue fundadora del “Movimiento del trabajador católico”, su activismo social, su pasión por la justicia y la causa de los oprimidos estaban inspirados en el evangelio, en su fe y en el ejemplo de los santos. En Internet se le encuentra como “una periodista de Estados unidos, activista social, oblata benedictina, anarquista cristiana y de  y miembro devota de la Iglesia Católica. Será conocida gracias a sus campañas por la justicia social, en defensa de los pobres”(2). Compendio de palabras que en el catolicismo español, escindido en “tirios y troyanos”, más bien suenan explosivas. A lo que se puede añadir que fue una mujer partidaria del amor libre y que abortó por miedo a ser abandonada por su amante, pero se convirtió al catolicismo y permitió a la sociedad de aquel entonces contagiarse del Evangelio y los valores de la Iglesia y, así, ser ejemplo de santidad en medio de lo cotidiano(3). Veamos quién es esta Dorothy Day.

     Nace en 1897 en Brooklyn, entonces un municipio de inmigrantes próximo a Nueva York, en el seno de una familia de religión protestante en la que conoció la Biblia y el valor de la palabra de Dios. Su padre era periodista y escritor, pero sin éxito, y vivían pobremente. En 1913, Dorothy recibe una beca para estudiar en la Universidad de Illinois, pero la deja dos años después. En 1916 su familia se traslada a Chicago y allí Dorothy descubre una realidad social miserable y conflictiva. Poco después se convierte en una activista de los derechos de la mujer, el amor libre y el control de la natalidad, ingresa en el Partido Socialista de América y colabora en el diario socialista “Call” con artículos comprometidos sobre huelgas, manifestaciones y denuncia de las intervenciones policiales, y con su participación en manifestaciones(4). De la Revolución ruda de Octubre de 1917 esperaba, como tantos otros, la fraternización de las masas y la sustitución de la clase dominante en los EE UU. Trabajó como enfermera en un hospital, como redactora judicial y modelo para estudiantes de Arte(5). Partidaria de los ideales socialistas más que de los capitalistas, no apoyó ningún sistema de gobierno, su preocupación era los trabajadores.

   
Partidaria del amor libre vivió una serie de historias con diferentes amantes, quedando embarazada de uno de ellos y abortando en una época en que el aborto era ilegal en los EE UU. Buscando estabilidad emocional se casa con Foster Butterman, pero se separa al año.Paulatinamente Dorothy va descubriendo la Iglesia católica, a la que ve como la Iglesia de los emigrantes y de los pobres, y se va entusiasmando con ella. En su profunda conversión al catolicismo fue entendiendo las exigencias morales que implicaba. En 1926 se queda embarazada de nuevo, pero en esta ocasión decide tener el bebé como madre soltera. El padre de la niña era ateo comprometido, no obstante, Dorothy decide bautizarla como católica y hacerse ella católica, fue consciente que bautizarse implica la renuncia a otras formas de vida y, con todo dolor de corazón, se separó del padre de la niña.


     En 1933 aparece en su vida Peter Maurin, un ex-campesino francés, hermano de las escuelas cristianas, que había deambulado por Canadá y los Estados Unidos y abrazado la pobreza franciscana como una vocación. Una vida sencilla y célibe le permitió mucho tiempo para estudiar y orar obteniendo la visión de un orden social inspirado en los valores básicos del evangelio. Peter adoctrinó a Dorothy en estos principios que le inspiraron para la fundación de un periódico, el Catholic Worker, que difundiría sus convicciones izquierdistas desde una nueva perspectiva religiosa. Comenzó la publicación de El trabajador católico, con una primera tirada de 3500 ejemplares en mayo y, para diciembre, ya era de 100 000 ejemplares. Cuando llegó el invierno la gente sin casa comenzó a llamar a la puerta de la sede del periódico. Se creó un centro de acogida para los necesitados en Nueva York, extendiéndose después a otras ciudades del país.

     Dorothy trataba de vivir los principios del Sermón de la Montaña, las Bienaventuranzas, los principios sociales de la Iglesia, pero constató que la práctica de los trabajos de misericordia era percibida socialmente como algo peligroso, porque les cerraron casas aduciendo que acogía tanto a blancos como a negros. La oposición a alimentar al hambriento y vestir al desnudo no solo era clara sino que fue creciendo, pero Dorothy siguió trabajando en esa línea.

     Ahora bien, Dorothy fue algo más que una activista, fue una mujer de gran hondura espiritual. Como señala Robert Ellsberg(7), su vida espiritual se enraizó en la Eucaristía, la oración diaria y la lectura de las Escrituras. Oblata benedictina, desde 1955 reverenciaba los valores monásticos del trabajo, la comunidad, la hospitalidad y la paz. Si se inspiró en el espíritu franciscano al adoptar la pobreza voluntaria, también era una gran mística; como Teresa de Ávila, fue una mujer apasionada, una mística práctica. Como Teresa de Calcuta, reconoció a Cristo en el penoso disfraz de los pobres, como Teresa de Lisieux, hacía énfasis en que los grandes logros no son los más importantes a los ojos de Dios, sino hacer las cosas pequeñas con amor y con fe. Fue una mujer piadosa, de comunión diaria y de oración, devota de la Virgen Santísima. Humilde, bondadosa, dulce. La vida de los santos le emocionaba por su generosa entrega a los demás, pero se interrogaba sobre por qué no habían intentado cambiar el orden social(8).

     Pacifista por convicción, mantuvo su neutralidad, aun cuando no fue entendida por quienes la rodeaban, en los conflictivos momentos históricos del siglo XX: la guerra civil española, la segunda guerra mundial, la guerra fría. En 1960 fue aclamada como “la gran dama del pacifismo”(9).

    Murió en 1980, tras una vida de pobreza voluntaria no dejó dinero ni para su entierro, que fue pagado por la archidiócesis de Nueva York, su periódico sigue siendo editado, su movimiento sigue minoritario pero muy vivo en los lugares más pobres de los Estados Unidos, estimado por católicos y gente de otras religiones. El Papa Juan Pablo II la declaró Sierva de Dios en 1996 y, en marzo de 2000, autorizó a la Archidiócesis de Nueva York a iniciar el proceso para promover su canonización.

     Estamos ante una gran mujer que será declarada santa. ¿Qué hay –siguiendo las palabras del papa Francisco– en la vida de esta mujer que sea útil a las mujeres de hoy día para analizar nuestra realidad? ¿De qué nos puede servir la historia de Dorothy Day? Partimos de la bella síntesis que hizo el que fue Arzobispo de Nueva York, Cardenal Jhon O´Connor: "la beatificación de Dorothy Day podría recordar a muchas mujeres de hoy lo grande que es la misericordia de Dios, incluso cuando somos capaces de cometer un acto cruel como el aborto de un hijo. Ella supo bien lo que es estar al margen de la fe y lo que es después descubrir el camino correcto y vivir en plena coherencia con la exigencia de la fe católica".


     Dorothy Day fue una chica inteligente, despierta, educada en un ambiente creyente, conoce muy temprano la Palabra de Dios, más adelante lee mucho, pasa por la Universidad, se imbuye de las ideas de la época: los derechos de la mujer, el amor libre, el anarquismo. Ni más ni menos que como cualquier joven del siglo XX y de hoy. Y como muchas, acaba embarazada y aborta, conoce la inestabilidad emocional. Trabaja en muchos y diversos trabajos, como hoy, pero, sobre todo, le impacta la situación de explotación de los trabajadores y de las clases empobrecidas, en las que encuentra una Iglesia Católica que le atrae porque ve que está junto a los que sufren. En esto sí es cierto que el panorama es diferente. En Europa y en España la imagen histórica de la Iglesia ha ido acompañada de una mayor vinculación a los ricos y poderosos, imagen distorsionada, pero lamentablemente todavía vigente. Y Dorothy, en los pobres, encuentra el rostro de Cristo. Es digna de mención la gran coherencia personal de Dorothy, no separa su fe de su vida. Inicialmente, partidaria del amor libre y del control de la natalidad, entiende la incoherencia que eso supone con las exigencias de la moral católica. Cuando se queda embarazada de nuevo no solo decide tener al bebé, sino que asume el bautismo de su hija y el suyo propio con todas sus consecuencias: un cambio radical de vida. Su vida anterior no era compatible con la fe y la experiencia de la misericordia que experimentaba de un Dios que la amaba y la acogía. 
     En su devota vida de oración y comunión diaria fue experimentando que el amor de Jesucristo llenaba toda su vida y el fuego de ese amor mantuvo vivo todo su compromiso hacia los demás, su actividad nunca se apagó, fue una mujer dulce, bondadosa, humilde. Amó a los santos y de su vida aprendió mucho, aprendizaje que puso en práctica en su compromiso con el mundo. Mujer apasionada, amó como las santas, apasionadamente.

     En nuestro aquí y ahora creo que esta gran mujer también nos puede ayudar a revisar nuestros desfasados conceptos de lo que puede ser una mujer católica que, desde la fe, defiende a los pobres y marginados. No se trata de una “comunista” en el sentido estricto que aquí se tiene, se trata de una mujer que sigue la doctrina social católica, la de la Iglesia de Roma, tan claramente expuesta en las múltiples encíclicas del Magisterio Pontificio. Como tampoco una mística, una mujer devota de la Iglesia Católica, de misa y comunión frecuente es una “facha”. Eso sí, la fe católica exige una radicalidad de vida, una austeridad moral, que pasa por la defensa de la vida en todas sus manifestaciones desde la concepción hasta la muerte. No al aborto, no a la eutanasia, no a tantas muertes por accidente laboral.

1 Discurso del papa Francisco al Congreso de los Estados Unidos en el Capitolio. Washington, 25 de septiembre de 2015,  https://www.aciprensa.com/noticias/el-papa-francisco-da-discurso-al-congreso-de-estados-unidos-en-el-capitolio-86152/.
3. ttps://www.aciprensa.com/vejemplares/dorothy.htm.
4. Alberto Royo Mejía. Santos por las calles de Nueva York (IV): Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/1003201208-santos-por-las-calles-de-nuev#more7315.
5. https://es.wikipedia.org/wiki/Dorothy_Day.
6. Alberto Royo Mejía. Santos por las calles de Nueva York ...
7. Robert Ellsberg, escritor y editor en libros Orbis, se inició en el mundo editorial (y encontraron la fe católica) y trabajó en la casa del Trabajador Católico, donde conoció a Dorothy Day en sus últimos años y le impactó fuertemente y acabó convirtiéndose al catolicismo. Editor de la obra de Dorothy Day. http://aleteia.org/2013/09/19/dorothy-days-editor-an-interview-with-robert-ellsberg/.
8. Alberto Royo Mejía. Santos por las calles de Nueva York ...
9. Alberto Royo Mejía. Santos por las calles de Nueva York 

martes, 22 de septiembre de 2015

Catalina Fieschi 1447-1510 / Santa Catalina de Génova

Una laica de vida activa, intensamente mística

Nacida en 1447 en el seno de una familia noble italiana, Catalina Fieschi fue educada por su madre en una vida cristiana y piadosa, a los trece años mostró cierta inclinación a la vida religiosa pero no fue aceptada en el convento. Por esas fechas muere su padre. Como otras muchas hijas de buena familia su matrimonio fue el resultado de alianzas nobiliarias, contrayendo matrimonio en 1463, a los 16 años, con Julián Adorno. Catalina era una joven bella, inteligente, sensible, devota, seria y de carácter fuerte, su marido había estado por el Próximo Oriente como comerciante y militar, era amante de los placeres desordenados, voluntarioso, indisciplinado, jugador, infiel, violento y derrochador, escaso de escrúpulos. Con semejantes e incompatibles caracteres el matrimonio no iba a ser fácil
Los cinco primero años de su matrimonio, entre 1463 y 1468, Catalina los pasó en silencio, sumida en la melancolía, la tristeza y la desolación que la llevarían a intentar evadirse de su angustia mediante una vida más mundana. Los cinco siguientes años los pasó de fiesta en fiesta, de diversión en diversión, pero tampoco ahí encontró lo que llenara su insatisfecha vida, de modo que el intenso cansancio y la depresión le llevaron a rezar por poder volver a su antiguo vida de fervor.
     Hasta aquí la vida de Catalina Fieschi no se diferencia mucho de la de miles de mujeres que, inducidas por conveniencias familiares o por propia elección, no se casan con el hombre adecuado para construir un matrimonio. Antes o después el desengaño, la frustración, la antigua melancolía o la moderna depresión aparecen en sus vidas y, ante esta situación, emprenden diferentes caminos. Unas continúan en una huida hacia delante mediante diversiones de todo tipo, otras se sumergen en la espiral sin fin de los antidepresivos... antes o después el hastío las invade. 
   En 1468 Catalina inicia una vida mundana de constantes diversiones y paseos mundanos que, tras otros cinco años, la dejan igualmente insatisfecha,  tal es el cansancio intenso y depresión que ella reza por un retorno de su antiguo fervor. Muchas mujeres ante la falta de sentido de la vida desperdiciada en caminos siempre equivocados, llegan a buscar ayuda psicológica, también las hay que vuelven la vista a Dios y le suplican salir de una situación de infierno. Es lo que hizo Catalina Fieschi, pero no fue hasta pasados diez años de su matrimonio, cuando le llega la respuesta a su petición. En 1473 inicia su proceso de conversión. 
 
Sus hagiógrafos cuentan que el 20 de marzo de 1473, estando Catalina orando en la iglesia de San Benito le decía: “¡San Benito, ruega a Dios que me conceda la gracia de mandarme una enfermedad que me tenga tres meses en cama». Dos días después, estando arrodillada para recibir la bendición del capellán tras una confesión, se sintió súbitamente embargada por un amor a Dios tan fuerte, que todo su cuerpo se estremecía, y por un conocimiento de su propia bajeza tan profundo, que se echó a llorar. Benedicto XVI nos dice que gracias a esta singular experiencia por la que su corazón queda herido del amor a Dios, con la cual tuvo una clara visión de su miserias y defectos, a la vez que de la bondad de Dios, tomó una decisión vital: “no más mundo, no más pecados”. 
 
    A las mujeres de hoy, creyentes y no creyentes, nos cuesta entender estas heridas de amor divino. Nos resistimos a creer que Dios pueda lanzar al corazón un dardo de amor más intenso que cualquiera de los apasionados amores que puedan darse en la historia humana. Y, pese a nuestras reticencias, es una realidad que ratifican una y otra vez los santos. Catalina Fieschi, tocada por el divino amor, allá en lo más recóndito de su casa lloró amargamente, había tenido conciencia del inmenso amor de Dios hacia ella, pecadora, algo desconcertante, pero que le sirvió de revulsivo para iniciar una vida de verdadero amor. Al día siguiente tuvo una visión de Jesucristo cargado con la cruz y ella gritó impulsivamente: “¡Oh, amor! ¡Si es necesario que confiese mis culpas en público, estoy dispuesta!” Después, fue a hacer una confesión general de toda su vida con tan grande dolor, que “sentía desfallecer el alma”. Catalina, pletórica del amor del Señor y consciente de lo que había desperdiciado su vida, decide iniciar una nueva vida fundamentada en Cristo, pero siente que necesita “acondicionar” su alma, purificarla.. En la fiesta de la Anunciación, tras más de diez años sin hacerlo, comulgó y no dejó de hacerlo diariamente durante el resto de su vida. Y eso que la comunión diaria para una laica no estaba bien visto en su época.
C. Wae  Hospital de Pammatone. s. XVII
Para entonces la disipada vida de su marido también había disipado su fortuna dejándolo casi en la ruina. Su precaria situación, junto a las recurrentes oraciones de su esposa hizo que en 1478 el matrimonio abandonara su lujoso palacio para pasar a vivir en una modesta casita en un barrio pobre. De mutuo acuerdo decidieron convivir en continencia, dedicándose a cuidar a los enfermos en el hospital civil de Pammatone de Génova. Un año después se instalaron a vivir en el mismo hospital. Desde 1479 la pareja se dedicó totalmente al servicio de los enfermos en el hospital. Durante diez años Catalina trabajó como abnegada enfermera, en 1489 fue nombrada en 1489 administradora y directora del mismo. En 1496 su quebrantada salud le obligó a renunciar a la dirección del hospital, no obstante siguió viviendo en el mismo. Un año después, en 1497, moría su marido. Catalina le confiesa a una amiga: «Bien sabes tú que su naturaleza era bastante descarriada, de manera que yo he sufrido mucho interiormente por él. Pero mi Tierno Amor me aseguró que habría de salvarse, aun antes de que dejara esta vida». Durante toda su viudez, Catalina permaneció en el estado laico. 
 
Giovanni A.Ratta. Santa Catalina
    No era tampoco la primera vez en la historia que un matrimonio rico venía a menos y se retiraba a sitios más modestos, pero menos frecuente es que dediquen su vida al servicio a los menos favorecidos de la sociedad, los pobres y los enfermos. Y aquí vamos a ver algo que suele desconcertar a creyentes y no creyentes, porque solemos penar que la vida mística es vivir “en las nubes”, desconectados de la realidad y del compromiso con la historia. Catalina trabajó el resto de su vida en un hospital, como enfermera, como administradora, como directora y lo hizo muy bien, al igual que en su vida mística. Desde el momento de su conversión en 1473, Santa Catalina llevó, sin interrupción, una vida espiritual muy intensa sin que por ello disminuyese la incensante actividad en favor de los enfermos y los desamparados, tanto en el hospital como en toda Génova. Durante todos esos años Catalina no había tenido ningún director espiritual, pero hacia 1499, un sacerdote secular, Don Cattaneo Marabotto, fue nombrado rector del hospital y desde el momento de conocerse se entendieron a la perfección. 
 
Éxtasis de Santa Catalina de Génova
Catalina Fieschi es uno de esos ejemplos de la universalidad cristiana, considerada como una «contradicción» por quienes no entienden que el cristianismo es una religión del amor, y sólo desde una vida fundamentada en el intenso amor de Dios podemos dedicarnos a estar en la historia, a servir a los más necesitados en los corporal y en lo espiritual. Catalina estaba totalmente “desprendida” del mundo, pero “estaba en el mundo”, fue una mujer práctica, lo que hoy podríamos decir una eficaz ejecutiva. Preocupada por el alma y cuidando el cuerpo, vivía en estrecha unión con Dios y estaba alerta respecto a este mundo y al tierno afecto por los hombres. Una mística que llevaba las cuentas del hospital, sin que le sobrara o faltara un céntimo.
   
De 1507 a 1510, las enfermedades vencieron por completo. Los últimos meses de su vida fueron de intenso sufrimiento en todo su cuerpo. Falleció el 15 de septiembre de 1510. Fue beatificada en 1675 por el papa Clemente y canonizada en 1737, por Clemente XII. Santa Catalina escribió un tratado sobre el Purgatorio y un Diálogo entre el alma y el cuerpo, que figuran entre los documentos más importantes del misticismo. Para Catalina tras la muerte el alma que todavía no ha eliminado las huellas malas dejadas por el pecado va al Purgatorio. No se trata tanto de cumplir la justicia divina como de una exigencia ontológica del ser del alma. El alma queda absorta en el amor de Dios y ajena a todo lo que pueda ser otras compañeras de purificación, de todo valor de espacio o de tiempo, vive abandonada a las operaciones divinas que la van purificando. Es el fuego del amor de Dios lo que va eliminando del alma toda herrumbre o mancha de pecado. El sufrimiento viene dado por un amor que ve retardado su encuentro con Dios. Cuanto más intenso es el deseo de posesión del amor, más cruel el dolor que encuentra en el retraso.
   Catalina Fieschi, laica, casada, viuda, trabajadora, una gran mujer que amó y sufrió, cometió errores en su vida pero supo afrontarlos con valentía y, sobre todo, con una gran fe, con un intenso amor a Dios que la transformó y la convirtió en una gran santa: Santa Catalina de Génova.

martes, 30 de junio de 2015

Mis hermanas las Santas

Colleen Carroll Campbell es una periodista católica norteamericana que ha escrito un libro, a modo de autobiografía espiritual, realmente interesante. La autora, a lo largo de su vida como estudiante, hija, profesional, esposa, madre..., se fue encontrando en una serie de situaciones que le plantearon dudas y opciones diversas, sobre las cuales no sabía qué decidir porque, pese a su fe, el mundo y la cultura la llenaban de confusión. Entre el feminismo radical laicista y la crítica antifeminista, la joven encuentra en seis grandes mujeres católicas -Teresa de Jesús, Teresa de Lisieux, Faustina Kowalska, Edith Stein, Teresa de Calcuta y María de Nazaret- seis grandes santas, una sólida inspiración para su vida. De ahí el precioso título: “Mis hermanas las santas”[1].

Colleen Carroll Campbell 
El libro no solo me ha gustado, sino que, como mujer católica me ha aportado reflexiones muy interesantes, es perfecto para cualquier edad, para cualquier mujer creyente que quiera compatibilizar lo sagrado y lo profano en una sociedad con poca paciencia para la sutileza y la complejidad. No obstante, lo considero especialmente valioso para el grupo de mujeres que entre los 18 y los cuarenta y algún años tienen que ir resolviendo los dilemas que les plantea vivir una juventud de fiesta en fiesta que deja cada vez mas maltrechos el cuerpo y el alma, que cuando los espejismos desaparecen queda un vacío cada vez mayor; que siente la confusión ante la frivolidad sexual, o cuando la llamada al insaciable éxito profesional colisiona con su deseo de amor y de tener una familia. Además, cuando la familia y el trabajo es una sobrecarga que tumba y cuando ya estás más o menos establecida profesionalmente hay que cuidar a los padres...Dudas e interrogantes, disyuntivas, encrucijadas con las que nos vamos encontrando en nuestro propio devenir y que es posible que, en más de un caso, haya desembocado o pueda desembocar en situaciones irreversibles y frustrantes.
Santa Teresa de Jesús
(1515-1582)
A ese grupo de mujeres pertenece la protagonista de esta autobiografía espiritual. Nacida en el seno de una familia católica de honda fe y hondas vivencia espirituales, no por eso dejará de deslumbrarse, al llegar a la Universidad, por un laicismo que la va alejando de su vida de fe. No obstante, tras una de esas noches locas de fiestas universitarias ella se pregunta: ¿Es esto vivir? ¿Nada más? ¿Qué pasa con esa sed que no pueden saciar los placeres materiales? En unas vacaciones de Navidad cae en sus manos el libro de la vida de Teresa de Jesús, en esta santa descubre que, con su mezcla de fe, feminidad y libertad, es el primer modelo que podía admirar y apropiarse para su vida, en Teresa de Jesús vio la clase de mujer en quien podría convertirse si se tomaba en serio a Dios.
Santa Teresita de Lisieux,(1873-1897)

Más adelante se encuentra con los problemas derivados del diagnóstico de Alzheimer de su padre. La protagonista describe lo mucho que le costó entrar en Historia de un alma de Santa Teresita de Lisieux -como nos ha pasado a tantas intelectuales-, pero ahora le va a servir para ir descubriendo la importancia de “hacerse pequeños ante Dios”. Desde la experiencia de la “Florecilla", va a ir descubriendo la purificación del alma de su padre y como había algo en él que se escapaba a los tentáculos de la enfermedad, algo sobre lo que el mal no tenía poder: La alegría de su alma y el ir haciéndose cada vez un niño más pequeño en brazos de su Padre. A partir de ahí, ella fue cambiando su concepto por lo débil de este mundo y empezó a ver a los enfermos, marginados, deficientes...de otro modo. Todo un capítulo para leerlo en una pastoral de enfermos en cualquier parroquia.

Santa Faustina Kowalska,(1905-1938)
Inicia su noviazgo con el hombre de sus sueños y hacen planes de boda, pero a ella le surge un trabajo extraordinario lejos de su ciudad, en la mismísima Casa Blanca ¿Que hacer? Lo acepta, tiene un brillante éxito profesional pero también hay algo en ella que está gritando realizarse como mujer. Qué decidir cuando, además, Dios no te responde en la oración. Desde santa Faustina Kowalska aprende a “confiar” en Dios.

Santa Edith Stein(1891-1942) 
Cuando decide ser madre resulta que le esperan largos años de infertilidad. Como fiel católica no está dispuesta a saltarse la doctrina de la Iglesia, pero las dudas están ahí, las tentaciones de concebir según los métodos científicos también. Descubrir que el deseo de maternidad biológica puede convertirse en un “ídolo” al que se sacrifica casi todo resulta doloroso, pero en su búsqueda descubre la belleza de la maternidad espiritual. En este proceso encuentra el soporte intelectual y espiritual de Edith Stein, un importante capítulo en el que analiza la condición femenina, su sed de infinito amor de Dios, sus valores y su fuerza, pero también sus desviaciones y los problemas que puede generar.

Santa Teresa de Calcuta
(1910-1997)

Entonces los problemas entran en la familia, la enfermedad es un momento en el que a los creyentes se le hace difícil la fe. En esta época en las que el hedonismo es el único objetivo, asumir el sentido redentor del sufrimiento es algo que se hace cuesta arriba. Y, sin embargo, es un tema central en la historia sagrada porque el mal no entraba en el proyecto original de Dios, sino que entra por el mal uso de nuestra libertad. Y entró el Alzheimer y la infertilidad y otras cosas, pero Dios no nos abandona en el sufrimiento, sino que nos acompaña. Pese a la fe, desde la enfermedad de su padre va a tener ocasión de pensar en un sufrimiento sin sentido, pero también en la misericordia de Dios. La fe no es garantía de que no vaya a haber duda, ni la ausencia de esa noche oscura del alma en la que parece que hay un vacío absoluto de Dios. Los santos también la sufrieron. En esta ocasión es en Teresa de Calcuta, una santa a la que consideraba inalcanzable, la que le va a hablar con una intensa fuerza sobre las tinieblas que sofocaban su alma cuando la terrible oscuridad parece decir que todo está muerto.
Madonna y Niño.
 Pompeo Bartoni

Cuando nos hablan de la cruz como realidad existencial tendemos a echarnos hacia atrás. Pero llega. También a nuestra protagonista cuando tras el calvario de la infertilidad le llega una difícil fecundidad y un difícil parto. Y aquí, esta muchacha que como tantos católicos nacidos después del Vaticano II vivieron una cierta ambigüedad respecto a la Virgen María, no solo va a encontrar en María su refugio sino que va a descubrir en ella un impresionante modelo de mujer y de madre. Una mujer contemplativa que medita en su corazón las alegrías y las penas, y una madre que nos ama con amor fiero y puro, pero que no busca poseer a nadie, es un amor sacrificial y liberador contrapunto del tenso perfeccionismo que se quiere imprimir hoy a la maternidad.

Desde aquella universitaria que se interrogaba sobre como llenar el vacío que sentía, asistimos al proceso de liberación de una mujer que sufre, que aprende, que cambia, que va a cantar las maravillas de la transformación que Dios obró en su vida presentándole a seis santas que le enseñaron el verdadero significado de la liberación.




[1] Colleen Carroll Campbell. Mis hermanas las santas.Una memoria espiritual. Ediciones Rialp, Madrid, 2015,229 p.